Más allá del ecoturismo: Costa Rica reinventa su oferta con experiencias auténticas, sostenibles y gastronómicas
Entrevista a Ireth Rodríguez – directora del Departamento de Promoción y Desarrollo de Segmento Vacacional del Instituto Costarricense de Turismo (ICT), en el marco de FITUR 2026
En un momento en que el turismo global enfrenta transformaciones profundas —entre tensiones geopolíticas, cambios en los patrones de consumo y una creciente demanda por experiencias auténticas y sostenibles—, Costa Rica se posiciona no como un destino más, sino como un modelo de desarrollo turístico consciente. Con apenas un 1% de crecimiento en llegadas internacionales en 2025, el país reconoce los desafíos, pero también celebra señales alentadoras: un repunte sólido en la segunda mitad del año, un enfoque renovado en la calidad del visitante y una apuesta decidida por descentralizar la oferta más allá de sus destinos tradicionales.
En esta entrevista exclusiva, Ireth Rodríguez, directora del Departamento de Promoción y Desarrollo de Segmento Vacacional del Instituto Costarricense de Turismo (ICT), nos revela cómo Costa Rica está convirtiendo su riqueza natural, agrícola y cultural en experiencias únicas que van mucho más allá del ecoturismo clásico. Desde el cacao milenario de Sarapiquí hasta el lujo silencioso del Golfo Dulce, pasando por una gastronomía en plena reinvención, el país centroamericano no solo protege su biodiversidad, sino que la pone en el centro de una narrativa turística innovadora, inclusiva y profundamente sostenible.
Con miras a 2026, el mensaje es claro: Costa Rica no busca más turistas, sino mejores viajeros. Y con ellos, construye un futuro donde el turismo no solo deja huella, sino que la regenera.
Recientemente se anunció que el turismo costarricense experimentó un ligero desaceleramiento en 2025. ¿Cuáles son las expectativas para 2026? ¿Cómo planean reactivar el sector y cuáles podrían ser las causas detrás de este crecimiento moderado?
Sí, es cierto. El año 2025 fue un año retador. Aunque cerramos con un crecimiento positivo —apenas del 1% en llegadas por vía aérea—, no fue el ritmo al que estábamos acostumbrados. Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, seguimos apostando por la calidad del turismo más que por la cantidad.
Lo más alentador es que, a partir de julio de 2025, comenzamos a ver un repunte significativo. Mes a mes, los números mejoraron, y noviembre y diciembre fueron extraordinarios: solo en el mercado español registramos un incremento del 13%. Esto nos da mucha esperanza y confianza en que la estrategia está funcionando.
Al inicio del año, enfrentamos algunos desafíos heredados de finales de 2024, principalmente la reducción de asientos disponibles desde mercados clave. Eso impactó nuestras cifras iniciales. Pero respondimos con ajustes estratégicos: intensificamos campañas de conversión en alianza con mayoristas en cada mercado, enfocándonos no solo en generar interés, sino en impulsar la decisión de compra a través de todo el funnel de ventas.
Estos esfuerzos dieron resultados: desde julio, las llegadas superaron consistentemente las del mismo periodo de 2024. Aunque aún no tenemos el cierre definitivo de divisas, esperamos que, como en años anteriores, la generación de ingresos sea superior a la de 2024 —un año en el que ya superamos los 5,000 millones de dólares.
Nuestro enfoque sigue siendo claro: atraer un turista de alta calidad. Hablamos de un visitante con alto nivel educativo, alto poder adquisitivo, que valora la sostenibilidad, el medio ambiente y el impacto positivo en las comunidades. Este tipo de turista tiende a permanecer más tiempo en el país y a gastar más, lo cual es fundamental para nuestro modelo de desarrollo turístico.
Mirando hacia 2026, el panorama es más optimista. El contexto político en Costa Rica está más definido, y la situación económica global —a pesar de las tensiones geopolíticas— muestra señales positivas en nuestros mercados prioritarios.
Seguiremos impulsando nuestra fórmula de conversión, sin descuidar la inspiración ni la promoción. Una pieza clave son los agentes de viajes. Para nosotros, son aliados estratégicos. Por eso, hemos desarrollado campañas disruptivas de formación: fam trips, talleres de cocina costarricense, experiencias inmersivas en el destino… Todo para que vivan Costa Rica de primera mano y puedan transmitir esa autenticidad a sus clientes.
Además, colaboramos con marcas comerciales que comparten nuestros valores: marcas de ropa deportiva, gafas de lujo, medios de comunicación con agendas de sostenibilidad. Estas alianzas nos permiten llegar al consumidor final a través de sus intereses —ya sea el lujo, la naturaleza, el turismo activo o la conservación ambiental.
En cuanto a la distribución geográfica del turismo, estamos trabajando activamente para descentralizarlo. No queremos que la experiencia se limite a San José o a destinos tradicionales. Desde 2018, implementamos el programa de Gestión Integral de Destinos, que divide el país en tres centros de desarrollo turístico sostenible. En cada uno, convocamos a las “fuerzas vivas” de la comunidad —empresarios, líderes locales, autoridades— para que ellos mismos definan qué tipo de destino quieren ser.
Nosotros actuamos como facilitadores. Ellos deciden su identidad, sus metas y su visión. Luego, trabajamos juntos en el desarrollo y comercialización de nuevos productos turísticos.
Un ejemplo muy prometedor es la zona sur-sur del país, particularmente Coto Brus, cerca de San Vito. Tiene características similares a Monteverde: altitud, clima, biodiversidad y una comunidad comprometida. Tiene potencial para convertirse en el “nuevo Monteverde”, pero con un enfoque en aventura y conservación.
También destacamos el Golfo Dulce, donde se están desarrollando pequeños proyectos turísticos de lujo —no en términos de opulencia, sino de experiencia— en una de las zonas más biodiversas del planeta. Allí, el lujo está en la conexión con la naturaleza, en la calidad del servicio y en la autenticidad de la experiencia.
En resumen, somos un país pequeño, pero con mucho que ofrecer. Y para 2026, vemos con optimismo un crecimiento sostenido, con un turista más consciente, más comprometido y más dispuesto a explorar todas las regiones de Costa Rica.
¿Cómo está Costa Rica transformando su riqueza natural y agrícola en experiencias turísticas únicas que van más allá del ecoturismo tradicional?
Una de las zonas que estamos promoviendo activamente es el sur de Costa Rica. Estamos llevando a agencias de viajes, compradores internacionales, tour managers y otros actores clave para que conozcan este destino y lo integren en sus itinerarios. Es una región extraordinariamente bella, virgen y única.
De hecho, National Geographic ha destacado el Parque Nacional Corcovado —no Cotopaxi, que está en Ecuador— como una joya mundial por su biodiversidad. Es uno de los ecosistemas más ricos del planeta.
Otro ejemplo es Sarapiquí, ubicado a solo una hora y media de San José. Allí se combina turismo agroindustrial, de aventura y de naturaleza. Los visitantes pueden recorrer plantaciones de palmito, pimienta y vainilla, e incluso degustar estos productos in situ.
Hablamos, por ejemplo, de la pimienta: a nivel mundial, su calidad se mide en grados de piperina, y la producida en Sarapiquí alcanza 5.5 sobre una escala máxima de 7, lo que la sitúa entre las de mayor calidad del mundo. También se cultiva piña orgánica y cacao —un producto milenario que precedió al café en Costa Rica, pero que desapareció temporalmente debido a una plaga. Hoy se está recuperando, y muchas comunidades, especialmente mujeres e indígenas, se benefician de esta producción con precios justos. Incluso contamos con maestros chocolateros costarricenses que se forman en Europa y participan en ferias internacionales, obteniendo reconocimientos.
Sarapiquí también es famoso por el río Sarapiquí, un destino mundialmente conocido para rafting y tubing. Pero además tiene un profundo valor histórico: en sus riberas altas se libró una de las batallas decisivas contra William Walker, el filibustero estadounidense que intentó colonizar Centroamérica en el siglo XIX. En 1856, campesinos costarricenses lograron frenar su avance durante cuatro días de combate, obligándolo a retroceder hacia Nicaragua. La batalla final tuvo lugar en Santa Rosa, en la zona norte, donde las tropas de Walker decidieron no avanzar hacia San José.
Costa Rica ofrece una diversidad increíble: desde Sarapiquí hasta Zarcero y Rialba, otro destino maravilloso a pocas horas de la capital. Allí se produce café de alta calidad y el queso de Turrialba, que cuenta con denominación de origen —un verdadero tesoro gastronómico.
Precisamente, aunque no se habla tanto de ello, el turismo gastronómico en Costa Rica está en pleno auge. Hemos diseñado rutas que integran el turismo agroindustrial con experiencias culinarias auténticas. Por ejemplo, un visitante que va a Sarapiquí puede disfrutar de cacao, pimienta, palmito y piña orgánica, creando una experiencia que fusiona lo rural, lo productivo y lo gastronómico.
En Turrialba, además del queso con denominación de origen, también se cultivan café y cacao. Esto forma parte de un enfoque rural sostenible que resalta la identidad local.
Todo esto se enmarca en nuestro Plan Nacional de Gastronomía Sostenible y Saludable, que lleva más de diez años en marcha. Este plan ha impulsado un movimiento gastronómico que celebra nuestra biodiversidad como fuente de ingredientes únicos y de alta calidad.
Antes, pocos jóvenes soñaban con ser chefs. Hoy, hay numerosas escuelas de cocina en el país. Y aquí entra en juego la relación bidireccional entre turismo y gastronomía: el turismo impulsa la formación, y los chefs, a su vez, se convierten en embajadores de nuestra identidad culinaria.
Nuestro modelo turístico atrae a un viajero muy específico: con alto poder adquisitivo, gran experiencia internacional y un interés genuino por lo auténtico. Este perfil no viene a Costa Rica a comer una imitación de paella o pasta italiana. Viene a descubrir una cocina costarricense con identidad propia.
Gracias al turismo, los jóvenes chefs están redescubriendo y valorizando nuestros productos locales. Y eso se refleja en las comunidades rurales, donde reside gran parte de nuestra cocina tradicional.
La gastronomía es, de hecho, un ejemplo perfecto de nuestro modelo turístico: de pequeña escala, comunitario, que preserva la naturaleza y mejora el bienestar local. Nuestro plan promueve que restaurantes, hoteles y emprendedores consuman productos locales y de temporada, contraten mano de obra de la zona y minimicen su huella de carbono.
Estamos en un camino sólido: hoy, la gastronomía ya agrega valor a la experiencia turística. En el futuro, aspiramos a ser reconocidos como un destino gastronómico de primer nivel, donde los viajeros vengan no solo por la naturaleza, el bienestar o la aventura, sino también por una cocina única, diversa y de altísima calidad.
Respecto a la sostenibilidad, es algo que llevamos en el ADN. Desde el siglo XIX, incluso antes de la independencia, hemos tenido leyes orientadas a la conservación. Creamos el Sistema Nacional de Áreas de Conservación, que permite proteger los ecosistemas mientras se fomenta un turismo educativo y responsable.
Hoy, el 26% del territorio nacional está bajo protección estatal, y el sector privado complementa este esfuerzo con reservas que cubren otro 8%. Además, implementamos el Programa de Pago por Servicios Ambientales (PSA), una iniciativa pionera que revirtió la deforestación. En los años 80, solo el 20% del país estaba boscoso; hoy, esa cifra supera el 59%.
El PSA recompensa a pequeños propietarios —muchos con apenas una o dos hectáreas— por conservar o reforestar sus tierras. Algunos combinan esta labor con cultivos agroforestales, como palmito o frutales, que atraen también al turismo. Así, la conservación se convierte en una fuente de ingresos sostenible.
En el ámbito turístico, hace casi 30 años creamos el Certificado de Sostenibilidad Turística (CST), que hoy pueden obtener nueve categorías de empresas: hoteles, operadores, transportistas, parques temáticos, entre otros. El CST guía a estas empresas en prácticas responsables con el ambiente y las comunidades.
Además, desde enero de 2024, Costa Rica preside la Comisión de Sostenibilidad de la ONU Turismo —un reconocimiento a nuestro liderazgo real, basado en hechos, no en discursos.
Finalmente, sobre la salida de Costa Rica de la Comunidad de Turismo de Centroamérica (CATATUR): tomamos esa decisión hace más de cuatro años. Desde hace más de una década, ya contábamos con nuestras propias oficinas de promoción en Europa, por lo que la participación en CATATUR se volvió menos estratégica. Aunque seguimos comprometidos con la integración regional, decidimos enfocar nuestros recursos en nuestras propias estructuras.
En cuanto a los resultados turísticos de 2025, el contexto global fue complejo. Muchos expertos describen 2024 como un “año bisagra”, marcado por tensiones geopolíticas, cambios en las dinámicas comerciales y conflictos internacionales. Estos factores afectaron a todos los destinos, incluido Costa Rica. No atribuiría los resultados exclusivamente a la salida de CATATUR, sino a este entorno global más amplio y desafiante.




