Entre la fe y el viaje: Cuando el alma también camina

31 de Marzo de 2026 1:45pm
Redacción Caribbean News Digital
fe y viaje

 

Peregrinos y turistas en América: dos formas de andar hacia lo sagrado que, aunque distintas, comparten un mismo horizonte: el encuentro con el sentido

Por Adrián Lomello – Director Territorial para América, Red Mundial de Turismo Religioso (RMTR)

En los caminos que conducen a los grandes santuarios de América —Guadalupe, Luján, Caacupé, Aparecida, Chiquinquira o Señor del Milagro — se cruzan miradas, promesas y mochilas. Algunos avanzan descalzos, otros con cámaras y sombreros; unos rezan, otros observan. Unos peregrinan a caballo por los cerros, o llegan en sus pequeñas barcas, otros lo hacen en excursiones, o colectivos fletados por las parroquias, o en viajes bien organizados por Agencias. Son dos rostros de un mismo movimiento: el peregrino y el turista, figuras que confluyen en los mismos destinos, pero con intenciones que los separan sutilmente y, a la vez, los hermanan en la búsqueda de lo trascendente.

El peregrino viaja movido por la fe, por una promesa o por la necesidad de agradecer. Su paso es rito y ofrenda. Camina con la mirada puesta en lo divino, y su destino —más que un lugar— es una experiencia espiritual. En América, los promesantes que recorren cientos de kilómetros hasta la Virgen de la Tirana en Chile, los que ascienden al Cerro del Cristo Redentor en los Andes, o los que llegan al Santuario de la Virgen de Itati en Argentina, son expresión viva de una devoción que se renueva cada año. No buscan confort, sino sentido; no van por curiosidad, sino por compromiso

El turista, en cambio, llega motivado por la cultura, la historia o el deseo de conocer un patrimonio de fe. Contempla la arquitectura de los templos, asiste a misas multitudinarias o participa de procesiones por admiración más que por obligación. Sin embargo, en ese contacto con lo sagrado, algo ocurre: la emoción estética se transforma en experiencia espiritual. Así sucede con los visitantes de Fátima, Quito o Cusco, donde el viaje cultural se vuelve, casi sin proponérselo, un acto de introspección.

Lo que los diferencia no es el destino, sino el propósito. El peregrino se mueve desde la fe; el turista, desde el interés. Pero ambos coinciden en algo esencial: la búsqueda de una conexión que trascienda lo cotidiano. En tiempos donde las fronteras entre lo espiritual y lo vivencial se desdibujan, el turismo religioso emerge como un espacio donde la oración y la contemplación, la promesa y la fotografía, pueden convivir.

El peregrino transforma su camino en oración; el turista, su visita en descubrimiento. Uno lleva ofrendas; el otro, recuerdos. Pero ambos regresan distintos. Y esa transformación —espiritual para unos, emocional para otros— es lo que mantiene viva la llama del turismo religioso en América.

Las estadísticas confirman lo que los caminos ya saben: el turismo religioso crece de forma sostenida, con más de 400 millones de viajeros espirituales al año en todo el mundo. En América Latina, esta modalidad genera desarrollo económico, identidad y arraigo. Porque allí donde el peregrino deja su fe, el turista encuentra inspiración.

En definitiva, mientras unos caminan hacia lo divino y otros viajan hacia lo simbólico, ambos descubren que el destino más profundo no está en el santuario… sino en el propio corazón.

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